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jueves, 15 de diciembre de 2011

SITUACIÓN DE LA UNIÓN EUROPEA: UNA CRISIS DENTRO DE OTRA CRISIS (apuntes de urgencia)



Debido a los acontecimientos desarrollados en torno a la última Cumbre de Bruselas y a las dudas surgidas en torno al resultado final de la misma (http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/09/economia/1323400914.html), he creído adecuado cambiar la entrada que tenía prevista y centrarme en la situación actual de la Unión Europea.


La mencionada Cumbre no es más que otro eslabón de una cadena de indecisiones y errores de bulto que nos han llevado a las actuales circunstancias. Pero, antes de entrar en mayores detalles, conviene dejar clara una cuestión fundamental: la crisis actual de la Unión Europea es una crisis derivada de la situación de crisis general ya explicada en anteriores entradas del blog, pero que, por las características con las que fue creada la Unión Monetaria, ha empezado a desarrollar una patología particular. Es decir, cabe afirmar que, ahora mismo, dentro de la crisis global hay una crisis específica, distinta a la primera, y de enorme gravedad: la que gira en torno al euro.


Los puntos que hay que tener en cuenta para entender la actual coyuntura son los siguientes:



1.- La eurozona es un proyecto mal diseñado desde el principio.- Es verdad que, cuando nació el euro, los países que lo adoptaron se vieron obligados a cumplir una serie de condiciones (relativas a tasa de inflación, porcentaje de déficit público y deuda pública sobre PIB y tipos de interés), pero no es menos cierto que casi nada había estipulado para cuando la unión monetaria estuviera constituida. Únicamente existían mecanismos de sanción en caso de déficit excesivo y una serie de prácticas prohibidas en relación a la financiación de los desfases entre gastos e ingresos públicos, pero se echaba en falta, al menos, dos elementos fundamentales: por un lado, la armonización fiscal entre los distintos países y, por otro, un sistema de supervisión bancaria unificado y no descentralizado a nivel de los bancos centrales nacionales. Si no se hizo así, fue porque la creación de la eurozona fue más un proyecto político que económico. A partir de la caída del muro de Berlín, la unificación de Alemania y la desintegración de la URSS, los políticos franceses y alemanes promovieron esta idea con el fin de solucionar los problemas que se derivaban de la nueva situación. El temor era que si se empezaban a fijar demasiadas normas, era mayor el riesgo de que los países y, sobre todo, sus opiniones públicas, fueran reticentes a aceptar la desaparición de las monedas nacionales, por lo que se prefirió simplificar el sistema para dar una imagen más atractiva a la ciudadanía. Pero, ¿cuál era el fundamento del proyecto político emprendido?

2.- El eje franco-alemán dispone y los demás ni tan siquiera proponen.- La Unión Europea, a fin de cuentas, está construida a partir de la relación problemática entre Francia y Alemania. Si, en un primer momento, se trataba de superar las heridas provocadas por las dos guerras mundiales, posteriormente se trató de encauzar los sueños de determinados políticos de convertir a sus respectivos países en potencias mundiales. Francia tiene un importante peso político a nivel mundial, pero carece del dinamismo económico necesario para hacer recaer sobre sus espaldas el funcionamiento de la Unión Europea. Alemania dispone de la fuerza económica para asumir esa responsabilidad, pero, por motivos históricos obvios (relacionados con su papel en las dos guerras mundiales), carece de la fuerza política para ejercer una función de liderazgo hegemónico. Un eje entre los dos países es la solución ideal: combinación de poder económico y poder político y necesidad ineludible de colaboración (lo que dificultaba la posibilidad de una ruptura del eje). Cuando cae el muro de Berlín, este esquema se pone en peligro por dos motivos: el primero, por la posibilidad de que Alemania trasladase su área de influencia hacia Europa Oriental, ayudada por la integración de la antigua República Democrática de Alemania; el segundo, por la creciente inclinación de los antiguos países comunistas de Europa Oriental a convertirse en aliados de Estados Unidos, de forma que los norteamericanos tenían la posibilidad de disponer de una importante área de influencia en el continente, ayudada por la alianza tradicional con el Reino Unido (de quien nunca se sabe si tiene un interés real en estar en la Unión o está dentro para intentar enredar y torpedear el proyecto ya que, en última instancia, la fortaleza del eje franco-alemán supone un debilitamiento de su ya mermado poderío). La forma de eludir ambos peligros fue triple: por un lado, se creó el euro y el Banco Central Europeo a imagen y semejanza del marco alemán y el Bundesbank; por otro, se favoreció la integración masiva de los países de Europa Oriental en la Unión Europea, para restar fuerza a la posible influencia estadounidense; finalmente, se promueve el proyecto de Constitución Europea, que iba a ser el elemento implícito de cristalización definitiva del eje franco-alemán como centro de todo el proceso de funcionamiento de la UE. Paradójicamente, y como muestra de que determinados proyectos están más en la mente de los políticos que en la voluntad de las opiniones públicas, el 29 de mayo de 2005 la ciudadanía francesa rechazó el texto de Constitución Europea sometido a referéndum, a lo que siguió el rechazo holandés dos días más tarde. Desde entonces, la Unión se debate entre la indefinición (de las normas) y la arbitrariedad (de las soluciones).

3.- Como proyecto político que era, las decisiones voluntaristas acabaron primando sobre las decisiones racionalmente fundamentadas.- En la medida en que se trataba de consolidar una hegemonía política a nivel internacional, la Unión Europea conoció un proceso de ampliación acelerado, en el que el ritmo de entrada de países alcanzó una velocidad frenética. Veamos cómo se ha ido incrementado el número de países integrantes:

1957: 6 (República Federal de Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo).

1973: 9 (se incorporan Reino Unido, Irlanda y Dinamarca).

1981: 10 (se incorpora Grecia).

1986: 12 (se produce la entrada de España y Portugal).

1995: 15 (se integran Austria, Finlandia y Suecia).

2004: 25 (la Unión Europea se amplía a Polonia, República Checa, Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Eslovaquia y Eslovenia).

2007: 27 (entrada de Bulgaria y Rumanía).

El 1 de enero de 2013 se producirá la entrada de Croacia, según el Tratado de Adhesión firmado en la pasada Cumbre de Bruselas.

Es decir, en 38 años (de 1957 a 1995) se produjo la integración de 15 países y en sólo 18 años (de 1995 a 2013) se habrán integrado 13 países, además con un fuerte aumento de la heterogeneidad existente dentro de la Unión.

Si nos atenemos exclusivamente a los países que han adoptado el euro, la evolución ha sido la siguiente:

2002: 12 (Alemania, Austria, Bélgica, Holanda, Finlandia, España, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal).

2007: 13 (incorporación de Eslovenia).

2008: 15 (incorporación de Chipre y Malta).

2009: 16 (Eslovaquia adopta el euro).

2011: 17 (entrada de Estonia).

Este ritmo de entradas no fue paralelo al desarrollo de mecanismos de coordinación, control y supervisión ni se agilizó adecuadamente el proceso de toma de decisiones (esta última cuestión se vio agravada por la no aprobación de la Constitución Europea). Con ello, la capacidad de gestión y de solución de problemas por parte de la Unión se vio notablemente mermada como consecuencia del aumento de complejidad de la misma y, aunque, en períodos de bonanza, ello podía no ser especialmente grave, sí lo era en caso de que una situación de crisis obligara a adoptar decisiones rápidas (es decir, lo que sucedió a posteriori). 

Igualmente, resulta discutible la incorporación de determinados países a la Unión, con unos estándares de nivel de vida y funcionamiento político muy apartados de la media europea, sin un proceso de transición previo, y, en el caso de la unión monetaria, resulta ya incomprensible la admisión de Grecia cuando existían serias dudas sobre la realidad de sus cuentas públicas presentadas. No sólo eso, sino que variables fundamentales de determinados países que necesitaban ser reconducidas hacia niveles menores (me refiero al porcentaje de deuda pública sobre PIB), se mantenían en niveles estratosféricos. En el siguiente gráfico, se aprecia cómo dicha ratio superó durante el período 2002-2006 el 80% (cifra máxima admitida en el Tratado de Maastricht) en Bélgica, Italia y Grecia, superando incluso el 100% en el caso de los dos últimos países. Aunque es cierto que la cifra belga tuvo una tendencia a la baja durante esos años, resulta difícil de comprender que, en un período de expansión económica, los niveles de endeudamiento públicos en dichos países se mantuvieran a unos niveles tan elevados:


 
Fuente: EUROSTAT
 

4.- Los incumplimientos de Francia y Alemania en la pasada década alimentaron la falta de disciplina generalizada.- Otro factor que provocó la relajación en el cumplimiento de las normas fue el hecho de que Francia y Alemania incumplieran los límites presuntamente obligatorios de déficit público y se liberaran del procedimiento sancionador correspondiente (http://www.cincodias.com/articulo/economia/ce-mantiene-freno-sanciones-francia-alemania-deficit/20041214cdscdieco_8/). Así, si vemos los déficit públicos de ambos países en el período 2001-2005, apreciamos que, en todo el período, Alemania incumplió sistemáticamente el déficit máximo del 3% sobre el PIB y Francia lo incumplió en tres de los cinco ejercicios considerados:


 
Fuente: EUROSTAT


Reconociendo que, a partir de 2003, la tendencia fue corregida, el que Francia y Alemania incumplieran las normas que ellas mismas fijaron constituyó un precedente muy negativo que provocó la laxitud generalizada en el cumplimiento de unos objetivos económicos razonables por parte del resto de países.


5.- En definitiva, la eurozona carecía de mecanismos de actuación coherentes cuando se produjo la irrupción de la crisis.- La consecuencia de todos los hechos descritos fue que la Unión Europea estaba escasamente preparada para afrontar una crisis como la que está teniendo lugar desde 2007: los niveles de endeudamiento público dejaban poco margen a políticas expansivas eficaces y se carecía de la capacidad de dar respuestas coordinadas al problema, hecho que resultaba especialmente dramático en relación al sistema financiero, ya que, en el sector donde se hallaba el corazón de la crisis, no existía una política común, de forma que el hecho de que cada país adoptara su propia estrategia en relación al mismo sólo sirvió para agravar la situación. Porque, además, había dos cuestiones de gran importancia que la Unión Monetaria propiciaba, que se convirtieron en correas de transmisión de los problemas y que no habían sido tenidos en cuenta:

1º.- La existencia de la moneda única facilitó el endeudamiento de países que contaban con unas cifras poco saludables. Paradójicamente, la creación de la eurozona no sirvió para impedir los dispendios en determinados países. Al contrario, sirvió para ayudar a financiarlos, ya que quien suscribía la deuda emitida consideraba que, al adquirir títulos de un país de la zona euro, no había posibilidad de que el mismo llegara a la bancarrota. Si se hubieran conservado las monedas nacionales, hubiera habido más recelo en suscribir los mismos y no hubiera crecido tanto el endeudamiento público (esto, en cierto modo, guarda un cierto paralelismo con lo que sucede con el dólar y Estados Unidos: la confianza en la divisa norteamericana provoca que no haya dudas en torno a la deuda pública estadounidense, de forma que la misma ha seguido creciendo sin que parezca haber inquietud sobre su solvencia).

2º.- Igualmente, la moneda única favoreció la interrelación entre los sistemas financieros nacionales, de forma que los impagos producidos en un país no limitaban sus efectos a dicho país, sino que acababan perjudicando a sistemas financieros de otros países de la Unión. Un problema que explica muchas de las cosas que están sucediendo es que los bancos franceses y alemanes han suscrito un gran volumen de deuda de Grecia, Portugal, Italia, España… Aunque se tiene la sospecha de que es ya imposible que Grecia haga frente a su deuda pública, lo cual originaría una quita de la misma, con las consiguientes pérdidas para las entidades bancarias francesas y alemanas, no se afronta la realidad para evitar tal contingencia.

Frente a esta situación, en la Unión Europea se han ido adoptando parches para evitar tocar un modelo que, insistimos, está mal diseñado, porque responde a motivos políticos y no de lógica económica. Además, aunque se quiere equiparar el funcionamiento de la Unión Europea al de una nación cualquiera, ello está alejado de la realidad: las opiniones públicas siguen teniendo como referencia marcos nacionales y no se valora lo que podemos denominar “interés general europeo”. Sin embargo, aunque la eurozona se tuvo que haber llevado a cabo de otra forma, los costes y el aumento de la incertidumbre que supondrían su ruptura serían de tal calado que desaconseja que lleguemos a dicho escenario. Por lo tanto, el camino es realizar las reformas necesarias para hacer viable el funcionamiento de la Unión Monetaria. Afortunadamente, en la última Cumbre se ha avanzado en crear un pacto fiscal (aunque habrá que ver si después efectivamente se cumple), pero siguen sin aprobarse un conjunto de medidas que son necesarias para resolver los principales problemas: reestructurar la deuda pública de aquellos países que no van a poder pagarla (léase, al menos Grecia), haciendo las quitas correspondientes; aprobar, definitivamente, un sistema de emisión que disipe dudas sobre la solvencia de la deuda pública de los países más afectados por la crisis (contando con que el pacto fiscal tenga plena eficacia); sanear completamente el sistema financiero (del mismo modo que hay que hacer en España, según hemos comentado en entradas anteriores), destituyendo a los directivos de las entidades con mayores problemas, estableciendo un sistema único de supervisión a nivel europeo y aprobando una nueva regulación que impida que se vuelvan a repetir las causas que nos han llevado a la crisis actual; simplificar los procesos de toma de decisiones dentro de la Unión Europea…

Respecto al Reino Unido, su postura de no firmar el nuevo Tratado se debe, básicamente, a tres motivos (aparte de su tradicional recelo a ceder parcelas de su soberanía nacional):

1.- Temor a que la mayor coordinación fiscal en el seno de la UE suponga subidas de impuestos, cuando los británicos son partidarios de bajar la presión fiscal (sobre todo, para las empresas).

2.- Quieren preservar el poder financiero de la City y el avance en una mayor coordinación entre los distintos países de la Unión lo ven como un peligro para la autonomía de su poderoso sistema bancario.

3.- El gobierno británico ya ha realizado un importante ajuste del gasto público (lo cual ha originado una fuerte contestación de algunos segmentos sociales), por lo que no temen que su no adhesión al pacto fiscal sea mal visto por los mercados, ya que, en relación al objetivo del mismo, ya han adoptado medidas para alcanzarlo, con independencia de la existencia o no de dicho pacto.

En resumen, con lo que nos encontramos es con una economía europea que no logra remontar el vuelo, que se ha intentado reactivar mediante un déficit público masivo, que este intento no sólo ha fracasado sino que ha provocado un problema adicional (la solvencia de la deuda pública de aquellos países donde la ratio deuda pública/PIB es mayor) y que la solución de este problema está obstaculizada por las propias características de la Unión Monetaria, existiendo, además, divisiones internas entre los países miembros sobre los pasos a dar. Lo más triste de todo es que una crisis compleja, aunque manejable en sus inicios, está adquiriendo una envergadura que empieza a hacerla inmanejable. En este punto, culpar a Alemania de que está siendo poco flexible y que debería permitir, por ejemplo, la compra masiva de deuda pública por parte del Banco Central Europeo o favorecer la emisión de eurobonos (de forma que las nuevas emisiones dejasen de tener carácter nacional y fueran emisiones de la Unión Europea en su conjunto) es simplificar la cuestión: medidas de este tipo (que podrían ser asumibles sólo con carácter provisional) sólo llevaría, según el comportamiento actual de muchos dirigente políticos, a postergar las decisiones necesarias y no ayudaría para nada a la economía europea. Poner freno al creciente endeudamiento público, acabar con las rigideces estructurales que afectan a nuestras economías y ceder el protagonismo al dinamismo del sector privado, retomando el espíritu de la olvidada Estrategia de Lisboa (http://es.wikipedia.org/wiki/Estrategia_de_Lisboa), es la única salida posible. Todo lo que escuchen que no se ajuste a este patrón no serán más que fuegos de artificio que no tienen como fin la reactivación de nuestras economías sino otros objetivos que, en este momento, no pueden ser los prioritarios.

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