ANÁLISIS DEL PESO DEL SECTOR PÚBLICO EN ESPAÑA (V)







Hasta el momento, hemos visto que la composición del gasto público en España presenta fuertes diferencias respecto a los parámetros de los principales países de la Unión Europea: con un menor porcentaje de la ratio Ingresos Públicos/PIB, España dedica más recursos, en términos relativos, a servicios administrativos y políticas de carácter sectorial (vivienda, cultura, ocio y deportes, apoyo a actividades económicas concretas…), en detrimento de las partidas de educación, sanidad y prestaciones sociales. Por otro lado, ayer analizamos cómo la generación de partidas de gasto en diferentes niveles de la administración carece de unos mecanismos mínimos de disciplina, de forma que su tendencia al déficit permanente y al endeudamiento continuo ha sido una constante en los últimos años.

Hoy, vamos a abordar cómo tiene lugar la gestión del gasto público, con el fin de exponer otras deficiencias importantes que se producen en la actuación de la administración.

En los últimos tiempos, ha habido polémicas diversas sobre dos asuntos muy concretos:


1.- El primero, la proliferación de entidades empresariales y organismos autónomos de las distintas administraciones (http://www.elconfidencial.com/economia/2012/01/06/las-empresas-publicas-de-ccaa-y-ayuntamientos-deben-a-los-bancos-mas-de-17000-millones-90454/). La poda a efectuar en este entramado fue uno de las primeros objetivos que el nuevo Gobierno anunció, (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/04/economia/1325699517.html), lo cual se concretó en la limitación del sueldo máximo en las empresas públicas (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/17/economia/1329481690.html), la unificación de los distintos organismos reguladores (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/24/economia/1330091741.html), la presentación de un “Plan de racionalización de los recursos del Estado” (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/28/espana/1330428206.html) y de un plan de supresión de empresas públicas (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/16/economia/1331904602.html y http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/16/economia/1331897156.html) y la aprobación de la posibilidad de privatizar las televisiones públicas autonómicas (http://www.elconfidencial.com/espana/2012/04/20/el-gobierno-allana-el-camino-para-tomar-rtve-y-abre-la-via-a-privatizar-las-autonomicas-96538/). A pesar de la importancia que se dado a la cuestión, faltan datos amplios y concretos del impacto de la aplicación de todas estas medidas, a lo que hay que añadir que algunas de ellas están, aún, en proceso de implantación.

2.- Por otro lado, se ha criticado la realización de determinadas inversiones por parte de los poderes públicos (y entes relacionados), para los que no hay atisbo de rentabilidad económica o social de ningún tipo (http://www.cotizalia.com/opinion/valor-anadido/2012/06/20/el-fango-que-pisan-indiferentes-los-politicos-ahoga-a-espana-7160/). Ejemplos como el aeropuerto de Ciudad Real (una inversión de carácter privado pero financiada por Caja Castilla-La Mancha, caja de ahorros con una influencia política decisiva: http://politica.elpais.com/politica/2012/04/13/actualidad/1334306481_394570.html), el aeropuerto de Castellón (http://www.antena3.com/noticias/espana/primer-avion-aeropuerto-castellon-escultura_2012071700188.html), el aeropuerto de Lleida (http://www.elconfidencial.com/espana/lleida-aeropuerto-fantasma-gestion-generalitat-20100220.html), diversas líneas de trenes de alta velocidad (http://politica.e-noticies.es/renfe-suprime-una-linea-del-ave-por-falta-de-pasajeros-54628.html) son muestras de una ausencia notable de criterios rectores, mínimamente sensatos, de la inversión pública.



En relación al último ejemplo planteado (el AVE), no me resisto a transcribir dos párrafos del libro del profesor Roberto Centeno, El disparate nacional (Editorial Planeta, 2011), los cuales corresponden a la página 79-80:

“… se tomaría una decisión tan espectacular  en imagen y mejora del tráfico de viajeros como desastrosa desde el punto de vista económico: el inicio de una importante red de alta velocidad, con trenes extraordinariamente lujosos capaces de alcanzar velocidades de hasta 300 kilómetros por hora. La primera de estas líneas sería la que uniría Madrid con Sevilla, y cuyo coste de 400.000 millones de pesetas jamás podrá ser recuperado. A pesar de haber generado un tráfico intensísimo, los ingresos de explotación sólo cubren los gastos variables y el mantenimiento de la infraestructura, pero el principal no puede ser amortizado. (…)

La alternativa, entonces presentada y rechazada, fue el Eurotren, la solución aplicada en toda Europa, capaz de alcanzar velocidades de hasta 240 kilómetros por hora, que habría unido todas las capitales de provincia, aprovechando la infraestructura existente, y que hubiera supuesto, por ejemplo, sólo media hora más de tiempo en el trayecto Madrid-Sevilla, y simultáneamente la modernización radical del tráfico de mercancías, el más obsoleto de Europa, con una ventaja enorme sobre la productividad de la economía. El Eurotren costaba la cuarta parte que el AVE por kilómetro instalado.”



Todos estos ejemplos (a los que habría que añadir muchos más, que no tenemos espacio suficiente para detallar) son consecuencias de un problema inicial: LA FALTA DE RACIONALIZACIÓN DE LA GESTIÓN DEL GASTO PÚBLICO.

En este blog, desde hace mucho tiempo (http://eldedoeneldato.blogspot.com.es/2011/05/remedios-para-una-crisis-i-el-gasto.html), hemos defendido la aplicación de una técnica conocida como PRESUPUESTO BASE CERO o procedimiento similar. El proceso a desarrollar sería claro:

1.- Determinar cuáles son los objetivos que satisfacen (desde el punto de vista del interés general), todos los programas de gasto público existentes.

2.- Se evalúa si los programas de gasto van a servir y, sobre todo, han servido, para cumplir los objetivos propuestos.

3.- Se analiza si, para cumplir los objetivos propuestos, la mejor alternativa es el gasto público o si hay otras medidas que pueden ser más eficaces.

4.- En función del análisis previo y del grado de prioridad de los objetivos, habría programas de gasto que habría que mantener (o, incluso, incrementar sus partidas), habría otros programas que deberían ser recortados y otros que, directamente, deberían ser suprimidos (todo ello en función de su ineficacia o de, en un contexto de severa restricción de recursos como el actual, la necesidad de satisfacer los objetivos preferentes en detrimento de objetivos de carácter secundario).

De esta forma, tendríamos una estructura presupuestaria más racional y, sobre todo, diseñada para crecer, en caso de la existencia de recursos suficientes, con un mínimo de sensatez, ya que se sabría cuáles son los objetivos insuficientemente cubiertos y los pendientes de cubrir de algún modo.

De la misma manera, habría que aplicar criterios de racionalidad a la inversión pública, desde diversos puntos de vista:

1.- En primer lugar, evaluar SIEMPRE las distintas alternativas existentes y elegir aquella que obtenga los resultados más favorables en los análisis coste-beneficio y coste-eficacia. Como hemos visto con el ejemplo del AVE, pueden existir opciones más económicas que permiten alcanzar resultados tan satisfactorios como las opciones más costosas.

2.- En segundo lugar, si se emprenden operaciones de infraestructuras en las que el grado de utilización va a ser reducido debido al bajo nivel de actividad económica de los territorios conectados, pero se estima que dichas infraestructuras son necesarias para el crecimiento económico de los mismos, sería OBLIGATORIO presentar, junto al proyecto de inversión, un plan de desarrollo económico que detalle qué medidas se van a adoptar y qué papel jugaría las infraestructuras previstas. Antes de emprender la inversión, habría que evaluar la coherencia y efectividad de dicho plan de desarrollo y, si se aprecia que dichas circunstancias no están presentes, no se llevaría a cabo las infraestructuras planeadas.

El desarrollo de un planteamiento como el descrito evitaría el mantenimiento de partidas de dudosa utilidad y, de paso, dejaría sin efecto el debate sobre la existencia o no de empresas públicas. En un momento dado, a la hora de aprobar la continuidad de las partidas de gasto público, habría que considerar cuál es la mejor opción para ejecutarlas: si debe hacerlo directamente la Administración o a través de un ente instrumental. Como estarían claros qué objetivos a satisfacer, la decisión sobre la modalidad de aplicación del mismo sería una decisión estrictamente técnica, libre de consideraciones de otro tipo. Porque hay que tener en cuenta que, aunque se habla de la proliferación de dichas empresas públicas, hay casos (como los del transporte público en todas sus variantes, suministro de agua potable o servicios de limpieza, sólo por poner los tres ejemplos de mayor presencia en nuestra vida cotidiana) en los que la estructura empresarial parece la más lógica.

Mañana, dejaremos el lado del gasto y pasaremos al lado de los ingresos públicos.








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